Un viaje por TIBET - Fotografias de Isidoro Gallo

Escrito por cenitexpediciones 09-08-2010 en General. Comentarios (0)

¡ADVERTENCIA!

Algunas de las imágenes de este artículo pueden herir la sensibilidad del lector

 

Hace unos años, visitamos Tibet por primera vez y nos dejó marcados. Ahora hemos vuelto para intentar ver lo que dejamos atrás e intentar contarlo. Es interesante volver a lugares que ya conoces y ser testigo de los cambios habidos (buenos o malos) y de cómo van evolucionando esas sociedades.

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También es muy gratificante poder catar de nuevo ciertas sensaciones y degustarlas con calma, saborearlas sabiendo lo que vas a ver... o volver a la sorpresa de lo inesperado y quedarte absorto con un sonido, una imagen o un paisaje.

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Para este tipo de viajes en los que prima el camino, es básica la capacidad de olvidar: olvidar quién eres y de donde vienes, olvidar tu cultura y miedos, olvidar tus normas, comodidades y respuestas, para poder abrirte a todas las sensaciones que te esperan y aprender.

 

No es fácil ni rápido, pero hay que intentarlo.

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Una vez aprendido a aceptar lo que viene tal y como es, sin buscar paralelismos ni referencias, se está preparado para el viaje.

 

El nuestro comienza con los preparativos en Katmandhu, permisos, papeles y unos días de ligera aclimatación a la altura, aunque sus 1.300 mts no son comparables a lo que nos espera con altitudes medias de 4.000 mts y cotas de más de 6.000 mts.

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Comenzamos la suave ascensión en camión. Llegar a la frontera no es fácil y menos atravesarla por la impresionante burocracia china, todo es cuestión de tranquilidad. Una vez en Tibet, la subida se hace más pronunciada, hasta los 4.200 mts de Nialam, en un día, donde empezamos a sentir el “mal de altura” Dolor de cabeza, malestar general, poco apetito y dificultades con el sueño. Aquí ya se empieza a sentir que Tibet no es un país fácil para moverse: la altura, los chinos, la orografía y los agentes meteorológicos, tratan de complicar el viaje, pero los paisajes y las gentes que nos vamos cruzando nos hacen olvidar las penalidades de la travesía.

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Es un país duro por el frío invierno y húmedo verano, entre montes inhóspitos arrasados por la erosión, de complicados accesos por los cortados (a diario) caminos, ríos turbulentos y cordilleras con pasos de 5.200 mts donde el tiempo se detiene (dato para los astrofísicos) y las distancias no se miden en horas ni en Kmts, tan sólo están.

 

Sabes cuando sales, nunca cuando llegas.

La orografía de este país, con las cimas más altas de nuestro planeta, varios 8.000 y el mítico Everest hacen muy difíciles las comunicaciones y estas se resuelven, haciendo que los caminos sigan los cursos de los ríos que lo surcan y cuya vida  los rompe con cada nueva lluvia o deshielo.

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Los altos pasos y los nuevos valles, rompen la monotonía del viajero, lo mismo que esa sorprendente vida que aparece entre las montañas: los nómadas con sus yacks y nakcs, sus ennegrecidas (por el humo) yurtas (tiendas) en las que sobrevivir a la altura, humedad y frío, parece imposible...  y allí están con sus animales y sus niños, tan negros como los Yacks y esa sonrisa e ingenuidad aparente tan característica.

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En estas alturas sólo viven en verano, aprovechando los pastos que deja el deshielo y viven básicamente de los animales.

 

Comen carne de cabra y productos de la leche, queso, mantequilla que también venden.

 

Con la mantequilla rancia preparan una especie de té muy energético y fuerte sabor, difícil de tragar y que es la bebida nacional tibetana. En un recipiente cilíndrico de madera se pone la mantequilla, se añade sal y agua hirviendo, se bate y listo.

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El yack nunca se sacrifica para comer, es su nexo con la vida en el valle, su medio de transporte y su signo de riqueza. De él, aprovechan la lana para tejer e incluso sus excrementos que se recogen al amanecer y les sirven para cocinar y calentarse.

 

La cocina va en el centro de la yurta y produce ese signo de vida, cuando tras una montaña aparece ese hilillo de humo que sale de una manchita negra casi inapreciable.

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A medida que nos acercamos a los valles se distinguen los pequeños pueblos, absolutamente miméticos, con sus casas de adobe y piedra y esa forma tan característica de pirámide truncada, adornadas con grafismos de corte budista en puertas y ventanas y la mierda de yack secándose en los muros.

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Y sus moradores, un tanto sorprendidos y esquivos al principio, pero amables, sonrientes y curiosos en cuanto hay un acercamiento.

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Sus gestos denotan una humildad ancestral,  que supongo provocada por la fuerte implantación del sometimiento al sistema feudal existente. Tienen una economía de subsistencia y no saben lo que es tener agua luz o aseos.

 

Dominando cada valle y siempre el lugares estratégicos y de difícil acceso, aparecen las siluetas de los monasterios. Son muy numerosos y hay que buscarlos, lo mismo que su camino de acceso. A medida que te vas acercando, atravesando ríos y subiendo pendientes más propicias para alpinistas que para turistas, empiezas a sentir que algo extraño te recorre la espalda: una mezcla entre nerviosismo y paz que te envuelve.

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Y todo parece muerto...

 

La primera visión de algo que se mueve envuelto entre ropajes rojos y naranjas es reconfortante: HAY VIDA!

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Y silencio... paisaje y viento.

 

Si te animas a seguir y entras, un murmullo grave, visceral y repetitivo llega hasta tus oídos. Lo buscas con el corazón latiendo acelerado y de pronto quiere pararse cuando al cruzar una pesada puerta de madera decorada, aparecen ante tus ojos varias hileras de monjes enfrentados, cubiertos con sus túnicas granates, la cabeza rapada, sumidos en una provocada penumbra roja y recitando los alargados sutras que mantienen entre sus piernas.

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Es una entonación muy baja que parece salir del estómago, con una cadencia monótona que de pronto se rompe con unos breves y rítmicos aplausos que les sirven para calentar las manos.

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Hace frío.

 

Por uno de los lados, se abre una puerta y entran otros monjes más jóvenes con las teteras que contienen el té de yack que calentará su cuerpo durante otro rato.

 

Alrededor de ellos, toda una parafernalia de miles de Budhas diferentes, símbolos, pinturas, velas, incensarios y estandartes, te envuelven, pero en una segunda ojeada. Al entrar es como si no los hubieras visto.

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Los incensarios con plantas aromáticas y el consabido humo, no hacen desaparecer los penetrantes olores a la mantequilla y grasa de yack.

Las velas son mechas flotando sobre la grasa que los devotos van depositando en pequeñas dosis a modo de alimento espiritual.

 

El suelo está cubierto por gruesas capas de esta olorosa grasa que hace difícil caminar sin resbalar.

 

Todo esto te hace sumirte en una especie de transportación al mundo de los sueños. Parece irreal... un tono místico y envolvente te recuerda que no perteneces a ese lugar. No entiendes nada, pero lo sientes cercano.

 

Algún monje se digna mirarte y obsequiarte con una sonrisa, sin dejar de repetir su oración. Los demás siguen con lo suyo, no existes.

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Es inevitable pensar en la cámara que llevas. Por gestos, pides permiso para rodar y dependiendo de no sé qué, unas veces te lo dan y otras no.

 

Salir a la luz del patio central, es como un sopapo a la intimidad.

 

Hay otros ritos y oraciones que se hacen en esos patios o en los jardines y suelen ser como un tipo de clases o debates. Aquí se ve también a los más pequeños, niños de 10 o 12 años, pequeños «budhas» aprendices de monjes tan revoltosos y risueños como su edad.

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Los debates son una especie de coreografía plástica perfecta: se sientan en semicírculos en grupos de cuatro o cinco monjes, con el maestro de pié en el centro, provocando y preguntando con gestos y palabras a los alumnos. Estos piensan y responden de la misma manera, creándose una algarabía de sonidos y movimientos unos duros y otros amables que anuncian una respuesta correcta.

 

Hay otras estancias de los monasterios que también tienen importancia e interés: las cocinas, sus espartanas habitaciones, las bibliotecas, la multitud de pasadizos, las salas y patios...

 

A las ocho cierran y se retiran a cenar y dormir.

 

Si no tienes la suerte de poder quedarte con ellos, no te queda más remedio que volver al exterior donde tendrás que buscar un lugar donde dormir y la salida no es fácil porque dejas atrás algo que parecía corresponderte y no has sabido sujetar.

 

El camino de bajada te sume en el silencio, roto solo por el sonido lejano de sus trompetas o caracolas.

 

Hay otro tipo de ritos que pasan desapercibidos al visitante o simplemente están prohibidos al extranjero.

De uno de estos, fuimos testigos involuntarios.

Se trata de los «funerales del cielo».

 

Pasamos la noche en un pequeño pueblo a 4.800 mts de altura, que tenía unas aguas termales. Tras una semana sin ver el agua, pudimos recomponer nuestros ya castigados cuerpos con un increíble baño nocturno.

 

Al amanecer cogimos un camino entre desfiladeros, ríos y piedras que nos destrozaron la espalda y salimos a un inmenso valle en el que se vislumbraban las humeantes chimeneas de un pueblo. Un poco más a lo lejos, un campamento de nómadas y en una de las laderas el monasterio. Pusimos rumbo hacia él y llegamos hacia las 8.30 de la mañana.

 

Hacía un día gris y frío, amenazando lluvia. No se veía gente y parecía todo cerrado. Lo recorrimos durante un tiempo y decidimos marcharnos cuando de pronto empezaron a salir unos monjes acompañando a varias personas.

 

Esto no era normal, por lo que nos colocamos detrás.

 

Salieron del monasterio y cogieron un camino estrecho y ascendente.

 

Tras una hora de camino llegamos a una loma y vimos algo que nos hizo entender qué pasaba y que íbamos a ser testigos directos de algo muy especial: Toda la ladera que teníamos enfrente estaba llena de buitres, inquietos y espectantes.

 

En un llano y rodeado de las banderas de oración había un círculo de piedras y a los  lados dos incensarios.

 

Las personas acompañadas de los monjes hicieron sus ofrendas y entendimos que eran los familiares del difunto.

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Este llegó en un fardo a hombros de un porteador y lo depositó en el círculo.

 

Los familiares se fueron y llegó un segundo cadáver, este en camilla y mejor ataviado, por lo que pensamos que sería más importante.

 

Los buitres empezaban a impacientarse...

 

Al rato aparecen dos monjes con una especie de afiladísimo machete y empiezan a cortar los envoltorios.

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Los dos cadáveres quedan al descubierto, los colocan sin miramientos boca abajo y comienzan a cortarlos longitudinalmente desde los hombros hasta los pies.

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En un instante el buitre jefe, se abalanza sobre uno de los cuerpos y una nube compuesta por el resto pelea por conseguir su bocado.

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En cuatro minutos los cuerpos quedan limpios de carne y solo vemos el esqueleto que los monjes empiezan a trocear, para machacar los huesos, mezclarlos con una especie de harina de cebada y hacer unas bolas que faciliten la labor final de los carroñeros.

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En ese momento uno de los monjes nos ve y nos amenaza con su machete. Optamos por salir rápidamente del lugar y bajamos sin mirar atrás hasta el valle.

 

Si quieres ver el vídeo: http://www.youtube.com/watch?v=4K_5LSL_khM

Se advierte que estas imágenes pueden herir la sensibilidad del espectador

 

La escena aún siendo fuerte, no deja de ser algo parecido a lo que hacemos nosotros, aunque nuestro rito se produce bajo tierra y no se ve.

 

Bajamos en silencio, pensativos y rumiando lo acabábamos de presenciar, sin ser conscientes del privilegio de ser de los pocos occidentales que han tenido acceso a este rito.

 

Todavía con la impresión en el cuerpo, nos encaminamos de nuevo a Lhasa, llegaremos al atardecer y estaremos tres días, para preparar la ruta de los próximos ocho días.

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Aprovechamos para volver al Potala y sigue igual aunque con muchos turistas chinos. Sin interés. El otro templo, el auténtico está más escondido y es menos espectacular su arquitectura, pero está vivo y esto lo sientes incluso antes de verlo: Jokham... hay gente por todas partes, lo rodea un mercadillo con todo tipo de ropajes, abalorios y materiales para las ofrendas. Ellos hacen la Kora: dan tres vueltas al monasterio, en el sentido de las agujas del reloj, antes de entrar con el molinillo de oración en la mano derecha y rotando en el mismo sentido. Otros en la puerta están absortos en una especie de plegaria física que consiste en arrastrarse por el suelo y levantarse innumerables veces, hasta completar un recorrido imaginario.

 

Una vez dentro lo primero que ves son  las largas hileras de lamparillas ardiendo y los molinos de oración, girando incesantemente y elevando su plegaria impresa al viento.

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Y siguen caminando...

 

Por fin entran en las salas donde están los omnipresentes budhas, en todo tipo de posturas y todos diferentes, mil, dos mil, ... siguen las ofrendas de grasa, mantequilla y alguna moneda. Los monjes se dedican a la oración y atención de los devotos.

Hay un rito parecido a nuestro bautismo que pudimos ver en uno de los templos anexos y todo tipo de sistemas de orar: las banderas, los molinillos, los molinos, las campanas, los tambores y timbales, las trompetas, las caracolas...

No entendemos nada.

 

Fuera la vida sigue, incluso hubo un desfile militar, celebrando los 50 años de la “ocupación o liberación” de Tibet, a menos de 200 mts de donde estábamos y no nos enteramos. Nos lo confirmaron por la noche.

 

Con los permisos en la mano, salimos otra vez de Lhasa con la sensación de no saber si habrá otra visita. Ha cambiado mucho y a peor. Hay demasiados chinos y todos sus productos invaden los mercados. Han construido sin sentido y sin gusto y ya no es lo que era. Es triste.

 

Nuestra siguiente escala es Samye, otro monasterio conocido y al que se accede tras cruzar el Bramaputra. Hora y media en el río bajo la lluvia y todo el equipaje mojado antes de avistar los muros de protección que cierran el perímetro. El valle de dunas y el cielo gris casi se funden y son como una premonición de lo que nos espera: hay una zona nueva, con restaurante incluso para los turistas. Lo que no ha cambiado son los tres agujeros de los baños en la azotea, al aire libre, pero ahora separan a los hombres de las mujeres... ¿tecnología?...

Tampoco tiene ya interés.

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Al día siguiente salimos de camino hacia el campo base del Everest, la cima del mundo: 8.848 mts. Pensamos pasar allí una noche en un pequeño monasterio y esperamos tener la suerte de verlo, porque la época no es la mejor.

 

Los últimos 100 km del camino de acceso son terribles, tanto por su estado como por su altitud.

Tras salvar un montecillo de 5400 m aparece allí arriba una inmensa mole de hielo, contra un fondo de nubes y cielo. Paramos y nos quedamos mudos durante un rato.

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Al atardecer se limpia el cielo y lo contemplamos en toda su magnitud, estamos a 5.200 y sigue allí arriba.

La noche es fría, pero se arregla cuando entramos en una de las casitas donde sonaba la música que interpreta un chico tibetano acompañado de una especie de guitarra o cítara, a la luz del fuego de la cocina.

 

Intentamos retrasar la hora de dormir, porque a esta altura se hace muy difícil.

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Al amanecer estamos preparados para grabar la salida del sol y emprender el camino hacia Kathmandu, ya de vuelta.

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Una mirada al espejo reflejaría nuestro estado y la evidente pérdida de peso, pero no lo hay. En unos días y ya en Nepal nos recuperaremos lo suficiente como para volver reconocibles a casa.

 

Isidoro Gallo, fotógrafo

Fernando Garaizar

Gotzon Cañada - Cenitexpediciones