Cenit Expediciones

Cenitexpediciones en el Museo de la Naturaleza y el Hombre

Escrito por cenitexpediciones 15-03-2012 en General. Comentarios (0)

Una invitación a Rubén, de los amigos del museo, nos ha dado pié a revivir la expedición a Choquequirao, en busca de las Llamas Blancas.

Nos faltó Elena, pero estuvimos Erika, Rubén, Cipri y Gotzon. Hora y media de recuerdos (más o menos ordenados) y un público deseoso de conocer un poco más de la oscura historia que allí se vivió. 

Nos queda la pena de saber que aún hay mucho por hacer, trabajar y descubrir... y que aún teniéndolo tan al alcance de la mano, pasarán todavía unos cuantos años, para que esa parte de historia sea puesta  a disposición de todos los amantes de civilizaciones y mundos perdidos.

 

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Algunos datos sobre Choquequirao, Perú

Escrito por cenitexpediciones 14-03-2012 en General. Comentarios (0)

 

Si queréis ver el "cuaderno de viaje" id a los archivos de marzo o abril 2007

 

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Choquequírao fue refugio de los denominados "Últimos Incas de Vilcabamba" o Incas de la Resistencia, que se ubicaron en la zona a partir de 1536, dirigidos por Manco Inca y su hermano Inca Paullo, hijos del Inca Waskar.
A la muerte del Inca, asumió el mando Sayri Tupac, quien pactó con los españoles la salida hacia el Cusco. El último emperador de la dinastía Inca del Cusco fue Tupas Amaru I, quién continuó ocupando la zona de Vilcabamba, en un periodo de lucha permanente con los españoles. Las tropas conquistadoras ingresaron a Vilcabamba el 24 de junio de 1,572, capturando al Inca luego de sucesivas contiendas; el día 21 de septiembre el Inca prisionero fue ingresado a la ciudad del Cusco bajo la atenta mirada de sus parientes y gobernados. Después de un juicio sumario, dirigido por el Virrey Francisco de Toledo, fue ajusticiado el 24 de septiembre del mismo año. Choquequirao fue abandonada por los incas luego de ser incendiada por sus propios residentes, actitud generalizada desde el levantamiento de Manco Inca.

El Secreto de las Llamas Blancas

Escrito por cenitexpediciones 14-03-2012 en General. Comentarios (0)

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El Organismo Autónomo de Museos y Centros del Cabildo, en colaboración con la Asociación de Amigos del Museo de Ciencias Naturales de Tenerife, ofrece mañana miércoles, día 14, a partir de las 20,00 horas, la conferencia “El secreto de las llamas blancas”, a cargo de los componentes de Cenitexpediciones.

Choquequirao es conocida como la "hermana sagrada" de Machu Picchu por la semejanza estructural y arquitectónica con esta. Se ubica a 3.033 metros sobre el nivel del mar en las estribaciones del nevado Salcantay, al norte del Valle del río Apurímac, en el departamento de Cusco (Perú).

Durante 4 días, se lleva a cabo una ruta a pié en uno de los cañones más profundos del mundo, el formado por el río Apurímac, por estrechos y zigzagueantes senderos, frente a majestuosos nevados y aterradores precipicios, con maravillosos paisajes y vegetación.

En 2004, la campaña de recuperación de los restos de Choquequirao sacaron a la luz unos vestigios únicos en el mundo tras siglos ocultos por la selva, más de 30 figuras geométricas de piedra blanca perfectamente alineadas que han causado gran curiosidad entre los investigadores, Las Llamas Blancas, y que se cree, podría tratarse de la entrada al valle sagrado de los incas.

Los integrantes de Cenit expediciones (http://cenitexpediciones.blogspot.es) visitaron en marzo y abril de 2007 la ciudadela inca en un viaje que trataba de documentar la relación de los Incas con el Sol, el dios Inti.

Un viaje por TIBET - Fotografias de Isidoro Gallo

Escrito por cenitexpediciones 09-08-2010 en General. Comentarios (0)

¡ADVERTENCIA!

Algunas de las imágenes de este artículo pueden herir la sensibilidad del lector

 

Hace unos años, visitamos Tibet por primera vez y nos dejó marcados. Ahora hemos vuelto para intentar ver lo que dejamos atrás e intentar contarlo. Es interesante volver a lugares que ya conoces y ser testigo de los cambios habidos (buenos o malos) y de cómo van evolucionando esas sociedades.

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También es muy gratificante poder catar de nuevo ciertas sensaciones y degustarlas con calma, saborearlas sabiendo lo que vas a ver... o volver a la sorpresa de lo inesperado y quedarte absorto con un sonido, una imagen o un paisaje.

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Para este tipo de viajes en los que prima el camino, es básica la capacidad de olvidar: olvidar quién eres y de donde vienes, olvidar tu cultura y miedos, olvidar tus normas, comodidades y respuestas, para poder abrirte a todas las sensaciones que te esperan y aprender.

 

No es fácil ni rápido, pero hay que intentarlo.

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Una vez aprendido a aceptar lo que viene tal y como es, sin buscar paralelismos ni referencias, se está preparado para el viaje.

 

El nuestro comienza con los preparativos en Katmandhu, permisos, papeles y unos días de ligera aclimatación a la altura, aunque sus 1.300 mts no son comparables a lo que nos espera con altitudes medias de 4.000 mts y cotas de más de 6.000 mts.

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Comenzamos la suave ascensión en camión. Llegar a la frontera no es fácil y menos atravesarla por la impresionante burocracia china, todo es cuestión de tranquilidad. Una vez en Tibet, la subida se hace más pronunciada, hasta los 4.200 mts de Nialam, en un día, donde empezamos a sentir el “mal de altura” Dolor de cabeza, malestar general, poco apetito y dificultades con el sueño. Aquí ya se empieza a sentir que Tibet no es un país fácil para moverse: la altura, los chinos, la orografía y los agentes meteorológicos, tratan de complicar el viaje, pero los paisajes y las gentes que nos vamos cruzando nos hacen olvidar las penalidades de la travesía.

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Es un país duro por el frío invierno y húmedo verano, entre montes inhóspitos arrasados por la erosión, de complicados accesos por los cortados (a diario) caminos, ríos turbulentos y cordilleras con pasos de 5.200 mts donde el tiempo se detiene (dato para los astrofísicos) y las distancias no se miden en horas ni en Kmts, tan sólo están.

 

Sabes cuando sales, nunca cuando llegas.

La orografía de este país, con las cimas más altas de nuestro planeta, varios 8.000 y el mítico Everest hacen muy difíciles las comunicaciones y estas se resuelven, haciendo que los caminos sigan los cursos de los ríos que lo surcan y cuya vida  los rompe con cada nueva lluvia o deshielo.

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Los altos pasos y los nuevos valles, rompen la monotonía del viajero, lo mismo que esa sorprendente vida que aparece entre las montañas: los nómadas con sus yacks y nakcs, sus ennegrecidas (por el humo) yurtas (tiendas) en las que sobrevivir a la altura, humedad y frío, parece imposible...  y allí están con sus animales y sus niños, tan negros como los Yacks y esa sonrisa e ingenuidad aparente tan característica.

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En estas alturas sólo viven en verano, aprovechando los pastos que deja el deshielo y viven básicamente de los animales.

 

Comen carne de cabra y productos de la leche, queso, mantequilla que también venden.

 

Con la mantequilla rancia preparan una especie de té muy energético y fuerte sabor, difícil de tragar y que es la bebida nacional tibetana. En un recipiente cilíndrico de madera se pone la mantequilla, se añade sal y agua hirviendo, se bate y listo.

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El yack nunca se sacrifica para comer, es su nexo con la vida en el valle, su medio de transporte y su signo de riqueza. De él, aprovechan la lana para tejer e incluso sus excrementos que se recogen al amanecer y les sirven para cocinar y calentarse.

 

La cocina va en el centro de la yurta y produce ese signo de vida, cuando tras una montaña aparece ese hilillo de humo que sale de una manchita negra casi inapreciable.

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A medida que nos acercamos a los valles se distinguen los pequeños pueblos, absolutamente miméticos, con sus casas de adobe y piedra y esa forma tan característica de pirámide truncada, adornadas con grafismos de corte budista en puertas y ventanas y la mierda de yack secándose en los muros.

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Y sus moradores, un tanto sorprendidos y esquivos al principio, pero amables, sonrientes y curiosos en cuanto hay un acercamiento.

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Sus gestos denotan una humildad ancestral,  que supongo provocada por la fuerte implantación del sometimiento al sistema feudal existente. Tienen una economía de subsistencia y no saben lo que es tener agua luz o aseos.

 

Dominando cada valle y siempre el lugares estratégicos y de difícil acceso, aparecen las siluetas de los monasterios. Son muy numerosos y hay que buscarlos, lo mismo que su camino de acceso. A medida que te vas acercando, atravesando ríos y subiendo pendientes más propicias para alpinistas que para turistas, empiezas a sentir que algo extraño te recorre la espalda: una mezcla entre nerviosismo y paz que te envuelve.

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Y todo parece muerto...

 

La primera visión de algo que se mueve envuelto entre ropajes rojos y naranjas es reconfortante: HAY VIDA!

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Y silencio... paisaje y viento.

 

Si te animas a seguir y entras, un murmullo grave, visceral y repetitivo llega hasta tus oídos. Lo buscas con el corazón latiendo acelerado y de pronto quiere pararse cuando al cruzar una pesada puerta de madera decorada, aparecen ante tus ojos varias hileras de monjes enfrentados, cubiertos con sus túnicas granates, la cabeza rapada, sumidos en una provocada penumbra roja y recitando los alargados sutras que mantienen entre sus piernas.

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Es una entonación muy baja que parece salir del estómago, con una cadencia monótona que de pronto se rompe con unos breves y rítmicos aplausos que les sirven para calentar las manos.

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Hace frío.

 

Por uno de los lados, se abre una puerta y entran otros monjes más jóvenes con las teteras que contienen el té de yack que calentará su cuerpo durante otro rato.

 

Alrededor de ellos, toda una parafernalia de miles de Budhas diferentes, símbolos, pinturas, velas, incensarios y estandartes, te envuelven, pero en una segunda ojeada. Al entrar es como si no los hubieras visto.

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Los incensarios con plantas aromáticas y el consabido humo, no hacen desaparecer los penetrantes olores a la mantequilla y grasa de yack.

Las velas son mechas flotando sobre la grasa que los devotos van depositando en pequeñas dosis a modo de alimento espiritual.

 

El suelo está cubierto por gruesas capas de esta olorosa grasa que hace difícil caminar sin resbalar.

 

Todo esto te hace sumirte en una especie de transportación al mundo de los sueños. Parece irreal... un tono místico y envolvente te recuerda que no perteneces a ese lugar. No entiendes nada, pero lo sientes cercano.

 

Algún monje se digna mirarte y obsequiarte con una sonrisa, sin dejar de repetir su oración. Los demás siguen con lo suyo, no existes.

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Es inevitable pensar en la cámara que llevas. Por gestos, pides permiso para rodar y dependiendo de no sé qué, unas veces te lo dan y otras no.

 

Salir a la luz del patio central, es como un sopapo a la intimidad.

 

Hay otros ritos y oraciones que se hacen en esos patios o en los jardines y suelen ser como un tipo de clases o debates. Aquí se ve también a los más pequeños, niños de 10 o 12 años, pequeños «budhas» aprendices de monjes tan revoltosos y risueños como su edad.

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Los debates son una especie de coreografía plástica perfecta: se sientan en semicírculos en grupos de cuatro o cinco monjes, con el maestro de pié en el centro, provocando y preguntando con gestos y palabras a los alumnos. Estos piensan y responden de la misma manera, creándose una algarabía de sonidos y movimientos unos duros y otros amables que anuncian una respuesta correcta.

 

Hay otras estancias de los monasterios que también tienen importancia e interés: las cocinas, sus espartanas habitaciones, las bibliotecas, la multitud de pasadizos, las salas y patios...

 

A las ocho cierran y se retiran a cenar y dormir.

 

Si no tienes la suerte de poder quedarte con ellos, no te queda más remedio que volver al exterior donde tendrás que buscar un lugar donde dormir y la salida no es fácil porque dejas atrás algo que parecía corresponderte y no has sabido sujetar.

 

El camino de bajada te sume en el silencio, roto solo por el sonido lejano de sus trompetas o caracolas.

 

Hay otro tipo de ritos que pasan desapercibidos al visitante o simplemente están prohibidos al extranjero.

De uno de estos, fuimos testigos involuntarios.

Se trata de los «funerales del cielo».

 

Pasamos la noche en un pequeño pueblo a 4.800 mts de altura, que tenía unas aguas termales. Tras una semana sin ver el agua, pudimos recomponer nuestros ya castigados cuerpos con un increíble baño nocturno.

 

Al amanecer cogimos un camino entre desfiladeros, ríos y piedras que nos destrozaron la espalda y salimos a un inmenso valle en el que se vislumbraban las humeantes chimeneas de un pueblo. Un poco más a lo lejos, un campamento de nómadas y en una de las laderas el monasterio. Pusimos rumbo hacia él y llegamos hacia las 8.30 de la mañana.

 

Hacía un día gris y frío, amenazando lluvia. No se veía gente y parecía todo cerrado. Lo recorrimos durante un tiempo y decidimos marcharnos cuando de pronto empezaron a salir unos monjes acompañando a varias personas.

 

Esto no era normal, por lo que nos colocamos detrás.

 

Salieron del monasterio y cogieron un camino estrecho y ascendente.

 

Tras una hora de camino llegamos a una loma y vimos algo que nos hizo entender qué pasaba y que íbamos a ser testigos directos de algo muy especial: Toda la ladera que teníamos enfrente estaba llena de buitres, inquietos y espectantes.

 

En un llano y rodeado de las banderas de oración había un círculo de piedras y a los  lados dos incensarios.

 

Las personas acompañadas de los monjes hicieron sus ofrendas y entendimos que eran los familiares del difunto.

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Este llegó en un fardo a hombros de un porteador y lo depositó en el círculo.

 

Los familiares se fueron y llegó un segundo cadáver, este en camilla y mejor ataviado, por lo que pensamos que sería más importante.

 

Los buitres empezaban a impacientarse...

 

Al rato aparecen dos monjes con una especie de afiladísimo machete y empiezan a cortar los envoltorios.

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Los dos cadáveres quedan al descubierto, los colocan sin miramientos boca abajo y comienzan a cortarlos longitudinalmente desde los hombros hasta los pies.

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En un instante el buitre jefe, se abalanza sobre uno de los cuerpos y una nube compuesta por el resto pelea por conseguir su bocado.

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En cuatro minutos los cuerpos quedan limpios de carne y solo vemos el esqueleto que los monjes empiezan a trocear, para machacar los huesos, mezclarlos con una especie de harina de cebada y hacer unas bolas que faciliten la labor final de los carroñeros.

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En ese momento uno de los monjes nos ve y nos amenaza con su machete. Optamos por salir rápidamente del lugar y bajamos sin mirar atrás hasta el valle.

 

Si quieres ver el vídeo: http://www.youtube.com/watch?v=4K_5LSL_khM

Se advierte que estas imágenes pueden herir la sensibilidad del espectador

 

La escena aún siendo fuerte, no deja de ser algo parecido a lo que hacemos nosotros, aunque nuestro rito se produce bajo tierra y no se ve.

 

Bajamos en silencio, pensativos y rumiando lo acabábamos de presenciar, sin ser conscientes del privilegio de ser de los pocos occidentales que han tenido acceso a este rito.

 

Todavía con la impresión en el cuerpo, nos encaminamos de nuevo a Lhasa, llegaremos al atardecer y estaremos tres días, para preparar la ruta de los próximos ocho días.

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Aprovechamos para volver al Potala y sigue igual aunque con muchos turistas chinos. Sin interés. El otro templo, el auténtico está más escondido y es menos espectacular su arquitectura, pero está vivo y esto lo sientes incluso antes de verlo: Jokham... hay gente por todas partes, lo rodea un mercadillo con todo tipo de ropajes, abalorios y materiales para las ofrendas. Ellos hacen la Kora: dan tres vueltas al monasterio, en el sentido de las agujas del reloj, antes de entrar con el molinillo de oración en la mano derecha y rotando en el mismo sentido. Otros en la puerta están absortos en una especie de plegaria física que consiste en arrastrarse por el suelo y levantarse innumerables veces, hasta completar un recorrido imaginario.

 

Una vez dentro lo primero que ves son  las largas hileras de lamparillas ardiendo y los molinos de oración, girando incesantemente y elevando su plegaria impresa al viento.

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Y siguen caminando...

 

Por fin entran en las salas donde están los omnipresentes budhas, en todo tipo de posturas y todos diferentes, mil, dos mil, ... siguen las ofrendas de grasa, mantequilla y alguna moneda. Los monjes se dedican a la oración y atención de los devotos.

Hay un rito parecido a nuestro bautismo que pudimos ver en uno de los templos anexos y todo tipo de sistemas de orar: las banderas, los molinillos, los molinos, las campanas, los tambores y timbales, las trompetas, las caracolas...

No entendemos nada.

 

Fuera la vida sigue, incluso hubo un desfile militar, celebrando los 50 años de la “ocupación o liberación” de Tibet, a menos de 200 mts de donde estábamos y no nos enteramos. Nos lo confirmaron por la noche.

 

Con los permisos en la mano, salimos otra vez de Lhasa con la sensación de no saber si habrá otra visita. Ha cambiado mucho y a peor. Hay demasiados chinos y todos sus productos invaden los mercados. Han construido sin sentido y sin gusto y ya no es lo que era. Es triste.

 

Nuestra siguiente escala es Samye, otro monasterio conocido y al que se accede tras cruzar el Bramaputra. Hora y media en el río bajo la lluvia y todo el equipaje mojado antes de avistar los muros de protección que cierran el perímetro. El valle de dunas y el cielo gris casi se funden y son como una premonición de lo que nos espera: hay una zona nueva, con restaurante incluso para los turistas. Lo que no ha cambiado son los tres agujeros de los baños en la azotea, al aire libre, pero ahora separan a los hombres de las mujeres... ¿tecnología?...

Tampoco tiene ya interés.

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Al día siguiente salimos de camino hacia el campo base del Everest, la cima del mundo: 8.848 mts. Pensamos pasar allí una noche en un pequeño monasterio y esperamos tener la suerte de verlo, porque la época no es la mejor.

 

Los últimos 100 km del camino de acceso son terribles, tanto por su estado como por su altitud.

Tras salvar un montecillo de 5400 m aparece allí arriba una inmensa mole de hielo, contra un fondo de nubes y cielo. Paramos y nos quedamos mudos durante un rato.

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Al atardecer se limpia el cielo y lo contemplamos en toda su magnitud, estamos a 5.200 y sigue allí arriba.

La noche es fría, pero se arregla cuando entramos en una de las casitas donde sonaba la música que interpreta un chico tibetano acompañado de una especie de guitarra o cítara, a la luz del fuego de la cocina.

 

Intentamos retrasar la hora de dormir, porque a esta altura se hace muy difícil.

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Al amanecer estamos preparados para grabar la salida del sol y emprender el camino hacia Kathmandu, ya de vuelta.

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Una mirada al espejo reflejaría nuestro estado y la evidente pérdida de peso, pero no lo hay. En unos días y ya en Nepal nos recuperaremos lo suficiente como para volver reconocibles a casa.

 

Isidoro Gallo, fotógrafo

Fernando Garaizar

Gotzon Cañada - Cenitexpediciones

 

 

 

 

 

Desde Dar Es Salaam (Tanzania) hasta las cataratas Victoria (Zambia – Zimbawue)

Escrito por cenitexpediciones 22-01-2010 en General. Comentarios (6)

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4000 km en tren atravesando África. 

 

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Llegamos desde Tenerife (España) a Dar Es Salaam  (Tanzania) a las 7.00 de la mañana. Calor, mucho calor, esa luz tan especial y el olor de África.

El aeropuerto es el punto de encuentro. Ibone viene de Zanzíbar, donde trabaja como instructora de buceo.

No es difícil verla, su larga melena rubia y el color de la piel le delatan.

Tras los abrazos de rigor y alguna lagrimilla, cogemos uno de esos taxis que no sabes muy bien si llegarán a su destino. Tras encontrar un hotel que conocíamos de un viaje anterior en la zona del mercado, descansamos un poco de las 16 horas de avión y salimos al atardecer para hacernos con algo de comer y agua para el viaje en tren del día siguiente.

 

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Un picante tentempié callejero que nos sabe a gloria, nos recuerda que estamos en África...esa tierra que podemos llegar a sentir como terrible y misteriosa, donde la gente no siempre te recibe con una sonrisa, cosa completamente entendible después de su escandaloso pasado, y no tan pasado, de colonización y brutal opresión.

 

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Hay algo que nos facilita todo: ¡Ibone habla swahili! Este detalle nos permite saltar esa gran barrera cultural, dando paso a la bienvenida.

Esto que parece una tontería, no lo es. En cualquier lugar donde necesites algo: estaciones de tren y guaguas, mercados, hotelitos... en cuanto les hablas en su idioma, todo cambia. Todo son sonrisas y facilidades y la pregunta obligada ¿dónde lo has aprendido?

 

Madrugamos, porque el tren sale al amanecer. Este ferrocarril fue construido por los chinos y ha contribuido al intercambio comercial de los pueblos que atraviesa...fue pagado con marfil.

Una ingente cantidad de personas con todo tipo de bultos se amontona por los suelos de la estación. Somos continuamente observados, no se ve ni un blanquito.

Vemos lo que parece la entrada al andén, protegida por dos guardias con varas en la mano. ¿Para que? Enseguida la respuesta a nuestra pregunta: se abren las puertas y una marea de personas de todas edades - bultos, carros, gritos, empujones- se abalanzan hacia la puerta-embudo y es allí donde aparecen las varas para poner un orden imposible.

Todo esto tiene su razón: el viaje dura más de dos días hasta Lusaka y si no coges buen sitio, es un suplicio.

 

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Nosotros tenemos litera y eso supone plaza segura, así que no osamos meternos donde no nos llaman.

Cuando todo se calma buscamos nuestro vagón: “al fondo” nos dicen... un fondo que no se ve. El tren tiene 21 vagones repletos de humanidad.

Llegamos a lo que va a ser nuestra casa, al menos las próximas 54 horas. Cuatro literas, una mesita y la ventana por la que irá apareciendo el África que vamos buscando.

Otra vez el swahili nos sirve para informarnos de la intendencia a bordo. Nos traen las sábanas, mantas y almohadas... su aspecto no invita, pero traemos nuestros sacos.

“A mediodía pasará el camarero para que puedan encargar la comida” ! no nos lo podíamos creer.... servicio de restaurante... esto pinta genial!!!

A disfrutar.

 

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Este trayecto lo hacen dos trenes por semana. Uno es de Tanzania y el otro de Zambia.

Este tren es el de Zambia y está bastante curioso. Tiene baño de agujero y sentar, pero no vemos la ducha...

Pasamos a través del primer parque nacional y, al atardecer, vemos los primeros animales: jirafas, antílopes y dos elefantes. Es como un sueño.

 

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Ya anocheciendo nos atrevemos a investigar en los vagones contiguos. Tras un recorrido entre muchos centenares de personas en cualquier posición cercana a la horizontal y varios vagones, encontramos el restaurante, con sus mesitas y todo.

Somos la atracción del personal, que, a diferencia de la gente de Tanzania, es de lo más amable. Quizás por ser un país cristiano y con menos pobreza.

Ellos comen con las manos y se lavan un poco con una jarra y una escudilla que una chica acerca a cada comensal... ¡como se agradece ese agua caliente para quitarnos un poco el sudor del día!

Nos dedicamos a observar y aprender, bueno y a comer el pollito picante con arroz que nos ofrecen.

Y a dormir. Baja la temperatura. A media noche, una parada. Un follón de gritos y trasiego de personal nos desvela un poco. Nos ponemos toda la ropa que llevamos y a esperar el amanecer.

Y amanece.

Empezamos a ver que la vida de esta zona del país se mueve alrededor del tren. Cada vez que para, y para mucho, una hilera de personas y personillas se acercan a las ventanas del tren con todo tipo de comida, bebida y productos artesanales. Por unas ventanas entran cosas y por otras sale de todo. La gente que viaja también vende en las estaciones.

 

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Llegamos a la frontera, donde no nos dejan bajar. La policía sube al tren en busca de los 50$ del visado de entrada a Zambia, que recogen con rapidez, nos sellan el pasaporte y desaparecen.

Este día lo dedicamos a pedir información. Nuestro tren llega sólo hasta Kapirimposi a unos 80 km de Lusaka (capital de Zambia) y desde donde tenemos que coger una guagua hasta Livingstone, nuestro destino.

 

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Por no llevar, no llevamos ni una guía. No hay nada de Zambia en nuestras librerías.

Ya vamos con retraso (el retraso africano pude ser de cualquier cantidad de tiempo), cosa normal aquí y llegaremos ya de noche, así que pensamos en dirigirnos directamente a la estación de guaguas y salir pitando, aunque eso suponga pasar toda la noche en ruta.

Pero el trayecto entre Kapirimposi y Lusaka, de 80 km se las trae. Nadie sabe decirnos cuanto tarda... “mucho” “poco” “tres horas” “cuatro horas” ... bueno, a sentarse y disfrutar. Una guagua para unas veinte personas, se convierte por arte de magia en otra para cuarenta, más los innumerables bultos que ya no caben arriba (sobre el techo de la guagua).

 

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A nuestro lado, en el pasillo se coloca una chica muy joven con dos niños, uno a la espalda y otro en sus rodillas, más sus consiguientes bultos. Cualquier centímetro es rápidamente ocupado en un afán de aprovechamiento espacial digno de un satélite. Hay que verlo. La “ley de la selva” se refleja tanto en sus actos personales como en su cultura y política. Calor sofocante e impedimento absoluto de movimiento son la constante de las siguientes cuatro horas. Con nosotros viaja otro blanco Craig un inglesito de 23 años que esta recorriendo el planeta y al que la fugaz visita de la policía en la frontera le pilló durmiendo, así que no tiene visado de entrada al país y ese es un problema serio.

 

Ya de noche llegamos a Lusaka. La estación es un lugar oscuro, semivacío y lúgubre. Se nos acercan varios ojos preguntándonos a donde vamos... LIVINGSTONE suponemos...

Pero no hay ya nada que salga con ese destino. Hay que buscar hotel para pasar la noche y proseguir viaje por la mañana. La zona no parece muy recomendable, así que entre los ojos que nos rodean, elegimos la mirada más tranquila para pedirle un taxi (o lo que sea) que nos lleve a un hotel. Y como siempre, aparece alguien en quien hay que confiar, que se presta a llevarnos. Nos propone dos, que podemos ojear y decidir. El primero no nos da buena espina, así que vamos al otro. Está un poco mejor y nos quedamos. Cenita solos en el bar y a dormir en cama. Se agradecen unas sábanas medio limpias y una ducha fría.

 

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Por la mañana, un rápido desayuno y de nuevo a la estación de guaguas. Ahora ya hay vida, mucha vida. No sabíamos que al cambiar de país había que cambiar la hora, así que llegamos una hora antes. Nos dedicamos a pasear entre la multitud de puestitos de todo tipo y viajeros a cualquier lugar llenos de bolsas y paquetes. Seguimos siendo los elementos exóticos de la zona.

Hacemos un poco de confraternización con el encargado de nuestra guagua y con Mikel, que nos ayudó por la noche y seguía allí esperándonos sin dormir. Nos empezó a contar que tenía una hija enferma, hospital, dinero... se solucionó con una cerveza y una sonrisa.

 

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A Gotzon se le ocurre hacer unas tomas de vídeo por la estación y todo se complica. De pronto un policía que le agarra, le quiere quitar la cámara y que le acompañe. Dice que no se puede filmar en la estación. Él se niega y se arma el follón. Entonces intervienen nuestros “amigos”, a veces una sonrisa y una cerveza ayudan, e increpan al policía para que lo suelte. Uno va a buscar a su superior y aparece un inmenso policía, sonriente e intrigado por la movida. Tras una serie de gritos incomprensibles todo empieza a calmarse. Le cae una bronca al escrupuloso funcionario y a Gotzon una palmada, una sonrisa y un “no problem”. Ufff vaya trago.

Vuelve el bullicio normal, la gente nos sonríe más aún y partimos.

Son otras 8 horas de viaje. La ventaja es que hay paradas en las que aprovisionarse de todo tipo de viandas, agua, fruta, baño... También somos los únicos blancos del viaje y eso supone ser el blanco (nunca mejor dicho) de todas las miradas. Ibone esconde su pelo tras un gorro, para no llamar demasiado la atención, pero no sirve de casi nada.

En una de estas paradas tomamos una especie de bocata de carne picante con verdura y ¡tienen papas fritas!!!

El viaje es tranquilo y en una parada se sube otro MZUNGU, es decir blanquito extranjero, que además habla mexicano. Viaja fotografiando todo lo que pilla y tiene una grata conversación, así que hace que el camino se haga más corto.

Llegamos a Livingstone casi al atardecer y tenemos que encontrar hotel antes de que anochezca.

Con sólo levantar la vista vemos los taxis. Aquí parece todo más tranquilo, no se nos acercan, tenemos que ir a buscarlos. Encontramos a Joseph, persona con grata sonrisa, que nos indica un hotel donde suelen ir los blancos de mochila y nos lleva.

 

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El sitio está genial, 12 $ por persona, tiene restaurante y unos baños comunitarios limpios y amplios, agua caliente y piscina: CASI NADA. Hay que pagar por las sábanas, pero te lo devuelven al salir.

Tras la ducha de rigor y la inspección del local nos disponemos a cenar, pero antes echamos una mirada a las posibilidades de visita de la zona, cataratas, parques nacionales y demás.

 

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Ya en la cena, aparece Craig, que tras solucionar su visado en la embajada, eso si con grandes dificultades y amenaza de cárcel, ha parado en el mismo lugar que nosotros.

La charla tras la cena es agradable y sorprendente: Craig nos afirma que en Inglaterra, la luna está quieta siempre en el mismo sitio ¿...? Jura que no bebe! Creo que casi le convencemos de que sale y se pone cada día y nos contesta: “Ya veréis cuando vuelva y  lo cuente...”

A la mañana siguiente, nos levantamos pronto para salir hacia las cataratas Victoria, pero antes...

 

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Las cataratas son frontera entre Zambia y Zimbawue y hay un puente que los une. En ese punto hay 111 metros de altura y desde el medio del puente se puede hacer puenting. Ibone se dispone a hacerlo ante nuestro estupor. Y lo hace. Hay un bono de tres saltos, hace el primero y deja los otros dos para la tarde. Erika, Craig y yo nos contentamos con fotografiarla y temblar: 111 metros hasta las turbulentas aguas del Zambeze.

 

 

 

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Repuestos del susto y con un calor sofocante nos dirigimos a pié hacia las cataratas: ¡Qué espectáculo! Recorrerlas por la parte de Zambia es impresionante, aunque en estas fechas no hay demasiada agua, el ruido y vapor que nos rodean las hacen aún más cautivadoras. Es uno de esos lugares del planeta que hay que visitar antes de morir.

 

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Bajamos hasta el río, nos refrescamos y de camino vemos los otros hoteles, de 300€ noche, a los que no podemos acceder y son realmente fastuosos.

 

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Por la tarde volvemos a la frontera para los dos saltos pendientes: la tirolina y el jumping.

 

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Ya está bien de sobresaltos,  volvemos al hotel.

Por la mañana madrugamos para visitar a pié uno de los parque nacionales. La caminata es suave, el guía muy profesional y el guarda armado casi invisible. Vemos gacelas, ñus, jirafas, cebras... de los elefantes, nada, bueno alguna huella en forma de inmensos excrementos... y cuatro rinocerontes blancos, los únicos que quedan en Zambia. Había otro que parece que se lo comieron algunos cazadores de Zimbabwe. Están justo entre los dos países y, en este momento, en Zimbabwe están pasando mucha hambre.

 

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Tras comer algo nos vamos a hacer un recorrido en barca por la zona alta de las cataratas, donde al atardecer se acercan los animales a beber a orillas del Zambeze.

 

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Lo que nos parecía un recorrido turístico al uso, se convierte de pronto en un espectáculo de los muchos que a África se le suponen: Un grupo de unos 20 elefantes se nos ponen delante, a unos 5 metros, a beber, jugar, rebozarse en la tierra... ni hablamos... es como si estuviéramos dentro de alguno de los miles de documentales que hemos visto, pero esta vez en directo. No encuentro un calificativo, así que poner algo de vuestra parte.

 

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Luego aves, hipopótamos, cocodrilos... paramos en un islote y nos ofrecen unas alitas de pollo que saben a gloria y esperamos la puesta de sol, justo en el borde. Van unas fotos, porque tampoco hay palabras. Son unas de esas imágenes que siempre nos acompañarán.

 

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Esa noche y a pesar del calor y el ventilador, dormimos mejor.

Mañana volvemos al tren. Pero antes programamos otra visita a las cataratas a primera hora, para verlas al amanecer.

 

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La luz es muy diferente y las vemos de otra manera. Un inmenso arcoiris nos regala otro espectacular paisaje. Llegamos hasta lo que llaman la isla, donde sólo se puede acceder si hay poco agua. Nos quitamos la ropa y nos acercamos hasta el borde. Impresiona y mucho. Erika e Ibone se aventuran hasta una piedra, por donde rebosa el agua, justo en la caída. Yo no puedo ni mirar y menos fotografiar, así que le pido al guía que lo haga. Vaya pánicoooooooo.

 

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Vuelve el calor y hay que volver a preparar las mochilas para nuestro viaje de vuelta.

Recogemos todo, devolvemos las sábanas para recuperar nuestras kuachas (la moneda de Zambia), comemos algo y a la estación de guaguas. Otras 8 horas hasta Lusaka, donde dormiremos y al día siguiente 55 horas de tren hasta Dar Es Salaam.

Esta vez nos toca el tren tanzano... y se nota.

 

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Habíamos leído que Zambia era uno de los países más pobres de África y no es verdad. Está más desarrollado que Tanzania y mucho más que Zimbawue. Mejores carreteras pagadas por proyectos chinos y japoneses, que suponemos, pedirán algo a cambio... quizás el cobre? La gente es más abierta y viste menos tapada que en Tanzania. Parece todo más organizado y tranquilo.

 

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El viaje de vuelta es tranquilo, salvo una avería justo entre los dos países que nos hacen pasar la noche allí y llegar con 24 horas de retraso a nuestro destino. Desmontaron el motor en busca de la avería y luego sobraban piezas... Quitaron un montón de vagones y trajeron otra máquina.

Así que, 79 horas de tren comiendo, cenando y desayunando lo mismo: Ugaly (una especie de masa blanca como la de las arepas pero en crudo) que sirven con una pequeña cantidad de carne o pescado en salsa para dar sabor  y con bebida, incluyendo la cerveza, caliente...

Unas buenas partidas de cartas y las paradas en las estaciones animan el trayecto.

 

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Y por fin llegamos a Dar Es Salaam. Una vuelta por el mercado, ducha y a dormir en cama, vaya placer.

 

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Por la mañana cogemos la avioneta hacia Zanzíbar, 35 minutos hasta la isla.

 

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Pasamos dos días en Stone Town, recorriendo la ciudad, algunas compras de rigor y visitando a amigos de Ibone. La música y las especias llenan nuestras mochilas. Cuando llegamos, pesaban 4,5 kg y 8 a la vuelta.

Cruzamos la isla hasta el hotel Breezes, donde trabaja y se queda Ibone.

 

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Dos días de lujo, playa, mar, comida zanzibarí (mucho mas variada y con un excelente pescado) y sábanas limpias con aire acondicionado.

 

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Uno de ellos lo dedicamos a visitar a nuestro amigo rasta Ibrahim, dueño del Miza wa Miza, hotelito donde estuvimos en otro viaje y que nos preparó una excelente comida. Es un sitio recomendable: cabañas junto a la playa, de madera y hoja de palmera, entre cocoteros, arena y luz. Mucha luz. Y a 40$ habitación, con baño y ventilador. Es una persona entrañable con la que es fácil conectar, además siempre tiene sonando un reegae africano embriagador.

 

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Y toca coger el avión de vuelta... Erika no quiere volver, esto es el paraíso.

 

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África engancha. “Tiene un algo muy especial. No sé qué es, si la luz, el calor, el color, el olor, la gente, el paisaje o todo ello junto. Aquí la gente sonríe de verdad, a pesar de su supuesta pobreza. Tienen lo básico, no derrochan y viven con y en la naturaleza más salvaje”. Gotzon Cañada.

 

África engancha. “Es una tierra misteriosa de la que oímos hablar mucho, pero sentirla y verla no tiene palabras. Quizás sean ese pasado y presente tan tremendos, junto a esos paisajes que te dejan sin habla. Quizás sea el reconocer la misma naturaleza humana mirando a través de esa ventana del tren: la inmensidad de lo bello, lo salvaje y el recuerdo de los rincones más oscuros del ser”. Ibone Cañada.

 

África engancha. “A mi se me quedo la mirada oscura y profunda de unos ojos de niña enganchada al corazón, en un lugar llamado Kasama cerca de la frontera de Tanzania, al paso del tren. Sin apartar su mirada fija en la mía durante unos minutos que parecieron horas, cerró su puño y se lo acercó al corazón, luego extendió el brazo hacia mi con el puño cerrado, siempre seria, mirando hacia mi interior, con su cuerpo de niña y la mirada de adulta. No se que significaba ... algo leí sobre que el puño cerrado representaba Zambia,  pero no se que quiso hacerme llegar con ese gesto. Yo hice lo mismo. Mi puño, mi corazón , mi ofrecimiento y mi mirada fija hasta que el movimiento del tren me impidió verla más. Hubiera querido saltar del tren, atravesar la valla que nos separaba y abrazarla . Calmar ese sentimiento inquietante que se me quedo agarrado en el pecho. África se me quedo enganchada para siempre con esa mirada”.  Erika Urquiola.

 

 

 

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Tienen mucho que enseñarnos si somos capaces de escucharles.

Decias?

 

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Los viajeros:  Erika Urquiola, Gotzon Cañada e Ibone Cañada. Octubre 2009

Y un par de tres videos para disfrutar:

 

http://www.youtube.com/watch?v=D7LtTVjs3DY
http://www.youtube.com/watch?v=4rARiWvoJdw
http://www.youtube.com/watch?v=IA1ik-u8gn0